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Virus como trampolín electoral: liderazgo en crisis

Decisiones definen el éxito o muerte de un país. Distintos estilos de liderazgo plasmados en decisiones eficaces, malas y controversiales, tantas diferencias que nos separan en el objetivo tan humano y vital que es bien común en la lucha por defender la vida y salvaguardar la economía.

En el dilema entre la salud o el pan junto con los cambios que profundamente experimentamos como sociedad por el virus, nos enfrentamos a una realidad: la vida sigue, la vida continua y la agenda política junto con el “show” electoral deben seguir. Los plazos legales son los plazos y en toda democracia se deben cumplir, más aún en aras de la renovación y también de los nuevos apetitos de poder en lucha por su gloria electoral. En el Perú, próximos a unas elecciones presidenciales que mas allá de lecciones aprendidas parece un continuo círculo vicioso del cual no podemos salir, parece se repetirá el carisma, improvisación y actitud confrontacionista. Grandes males que nos condenan al retroceso y desunión.

El populismo está a flor de piel y ha encontrado en el virus la mejor forma de expandirse a propios y extraños. El actual Gobierno, cegado por las encuestas, creyendo vanamente legitiman su accionar o su baja autoestima, vive preso en su propia red de mentiras o engaños que ya nadie les cree, perdiendo respeto y autoridad. La realidad es muy cruda y literalmente vemos en miles de sacos negros de cadáveres junto con un gran descontento social. Es prácticamente imposible satisfacer a todos en sus necesidades básicas. Frente a la incertidumbre mundial, y ante la ausencia de una estrategia clara, nos gobierna la improvisación y el facilismo. Las cifras y hechos mandan, demostrando que la cuarentena y las medidas anexas no son eficaces.

Ante el clamor del pueblo, se vienen dando bonos, incentivos, y una serie de beneficios que a largo plazo nos pueden jugar en contra. El pan de hoy podría ser el hambre de mañana. Es ley en economía que no existe nada gratis y las generaciones presentes y futuras asumirán esta gran deuda. El Estado debe administrar eficientemente los recursos económicos que les dotamos los ciudadanos con nuestros impuestos. La necesidad e insatisfacción crece de manera alarmante y parece que se podría salir de control. El Estado no puede ser eterno paternalista, no puede literalmente mantener a todos. Existe responsabilidad compartida con el pueblo a veces rebelde, irresponsable e indiferente ante política, lo cual viene pagando muy caro y con una clase empresarial peruana muy varipinta desde el emprendedor pujante forjado de la nada y hasta ciertos grupos de poder de tradición e influencia empresarial que se niegan a perder ese poder, estatus o privilegios.

A todas luces existe una lucha de poderes donde el fin parece, malamente, justificar los medios, lucha de clases, lucha de intereses y la lucha por el poder. El poder no es un motín y el pueblo no es un medio para alcanzarlo. Eternos candidatos, nuevos rostros y otros con sed de revancha encuentran el escenario ideal para su oportunidad de logro, pantalla y fama atacando al Gobierno actual con cero aportes o propuestas efectivas. No se dan cuenta que el fracaso del Gobierno es el fracaso del país y prácticamente nos condenan a la muerte y hambre. Tiene que existir una oposición eficaz, fiel a los fines de control, fiscalización y control del poder, sumando con soluciones. Los partidos políticos deben asumir la responsabilidad de filtrar correctamente a su candidato, este es su deber.

Asimismo, constituye un deber de todos ser partícipes del éxito del gobierno con voz clara y mano firme, defendiendo los valores democráticos. El Pueblo tiene poder y también derechos y obligaciones.

El tan anhelado consenso parece utópico en una sociedad tan dividida, pero resulta necesario para la sobrevivencia, más que competidores electorales deberían ser colaboradores y críticos racionales de la actual gestión. Más aún aparece el fantasma “dictatorial” en muchas decisiones del Poder Ejecutivo, a veces tras aparentes nobles fines se pueden ocultar intereses de control y dominación, urge defender la Constitución y en esa noble tarea estamos todos llamados. A ello se suma la corrupción que es más tóxica que el virus, es sumamente reprochable el lucro con el dolor de la tragedia que vivimos. Otros investigados por corrupción encuentran el salvavidas ideal para salir de sus prisiones demostrando que la Justicia no es igual para todos los reos o prisioneros.

El Perú anhelaba y exigía una nueva clase política costándoles las cabezas a ex presidentes por presuntos delitos de corrupción. Perú abrió la puerta al cambio o renovación, pero lo nuevo resultó no tan producente, no quedó ni luz ni sombra de las promesas iniciales electorales. El “Nuevo Congreso” comenzó con mal pie, ganó el protagonismo, individualismo y populismo que les pasó factura, contagiándose con el nefasto virus. El Nuevo Congreso era la esperanza de la transición, un periodo corto, pero tan crucial. Que dicha esperanza siga en pie y mejoren su gestión, sino se condenan políticamente al fracaso, no más decepciones para el pueblo, para muchos es su primera vez debutando con un cargo público y esto define su futuro político.

Esta crisis revela nuestra pobreza no solo económica sino de valores, nuestras deficiencias como nación. La ausencia de verdaderos líderes con real vocación de servir es el peor mal de un país. No siempre se vive de campaña electoral, sino de hechos concretos con impacto positivo en la vida de las personas. El escenario es ideal para el bien y también para el mal, la verdadera lucha implica a todos porque somos todos actores frente a la sombra de la pobreza, hambre y muerte. No somos ajenos a esta lucha, de hecho la historia demostrado la RESILIENCIA que tiene el Perú. Que el único trampolín sea el éxito real de un país y no de un rostro o grupo económico.

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Karla Cynthia Horna Urday

Abogada, empresaria y coach Experta en temas de emprendimiento y liderazgo Creadora: “Emprende desde el Ser” y “Empresarios de Valor” Actor Social en Nodos Anticorrupción OEA