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El día “D” la verdad salió a flote: ¡Hubo simulación!, perdimos… y la culpa es de la estrategia

¿Cuántas veces han ocurrido escenarios en campaña que apuntan a las culpabilidades?, pero también, ¿cuántas ocasiones se han manifestado insistentemente en “torre de control” o “war room”? ¿Las vulnerabilidades, las acciones tácticas a emplear y la operación específica que, lamentablemente no se ejecutan conforme al objetivo estratégico?

Esta situación ocurre más a menudo de lo que creemos, incluso, es natural hacer un recuento de campaña ganadora y de una perdedora; el saldo, probablemente, saldrá muy parecido. La diferencia es quién tuvo menos errores, quién operó más y mejor, pero sobretodo, quién fue el que simuló menos.

Así pues, la efectividad se traduce concretamente en ejecutar, conforme a los tiempos establecidos, acciones específicas que permitan cumplir objetivos de reacción inmediata y de corto plazo, mediante la utilización de herramientas metodológicas que el mundo de la consultoría estratégica aporta al destino de los triunfos electorales y de los éxitos políticos. No obstante, inmerso en una contienda ocurren situaciones que deben evaluarse y redireccionarse de manera instantánea, lo que permitirá alejarse de los malos resultados.

Como líneas generales de acción y a reserva de ahondar con el “abanico” de herramientas y posibilidades que inciden en una campaña, concretamente abordo el tema de los “eventos estratégicos de impacto”: una herramienta que permite difundir e ir avanzando en la diaria lucha por hacer del mapa de lectura electoral, la obtención de una colorimetría favorable en cada evaluación y que redunde en el triunfo de la elección.

Utilizando la terminología de campaña, para algunos las tácticas de “aire” y de “tierra” deben ser coincidentes, con objeto de que: frase o slogan, spot publicitario, redes, espectaculares, canción institucional, volante o tríptico, en fin, el “manual de identidad gráfica”; así como las reuniones con líderes, asociaciones, partidos, sindicatos y ciudadanía en general; transmitan el “mensaje de campaña” en un solo sentido, con pretensiones en que la recordación de la frase sea lo más pronto posible, pero por encima de todo, que él o los candidatos, sean congruentes con su mensaje y dejen posicionado permanentemente las líneas estratégicas de comunicación para cada caso.

Desde mi punto de vista, los eventos estratégicos de impacto no son sólo una herramienta, son el alma de la campaña. Es el espacio que evidencia conocimientos, rumbo, propuestas, interacción, posicionamiento, intercambio y orden; los resultados se plasman en fotografías, clips de video, spots e inserciones mediáticas que permiten dirigir, direccionar, afrontar y enfrentar la campaña misma.

Tradicionalmente se ha caminado con esquemas muy repetitivos, por tanto monótonos, en cómo realizar eventos políticos de campaña, y se ha recurrido a las mesas de presídium, pódiums, tarimas, banderas, entre otros. Con ello se pretende cubrir cuotas de protocolo y solemnidad, pero también ha influido en la organización de actos públicos y privados, por lo que únicamente se ha posicionado esta forma como lo que se tiene que hacer, pero no alcanza, desde mi óptica, a cubrir las expectativas emocionales, sensoriales y de cercanía, que un evento de campaña debe contener para ser realmente eficiente y efectivo.

Si bien es cierto que existen situaciones rígidas en donde los protocolos deben respetarse, la mayoría de las veces estos son, como ya dije, tradicionalistas, pero se alejan de ser disruptivos, propositivos y por tanto, distintos.

He sugerido a todos mis amigos estrategas generales que redimensionen y sean prospectivos; en cuanta campaña he tenido el honor de participar, no he dejado de hacer que la cercanía, la ausencia de protocolos, las formas más básicas y directas con la audiencia sean el eje de acción sobre el cual deban ejecutarse todos, o la mayoría, de los eventos. Los resultados han sido muy positivos, ya que permiten que en la evaluación, crítica y contagio al votante sean más efectivas.

Los productos finales que se obtienen con un esquema NO rígido, son creíbles, emocionales y muy replicables en las rutas digitales, impresas, entre otras. Tan así, que resulta evidente cuando el insumo se obtuvo de un acto de campaña rígido, frío y distante, del que no lo fue.

Por lo tanto, en nuestros tiempos poco puede aportarse para descubrir el “hilo negro” pero mucho se abona cuando las formas y los fondos son sencillos, prácticos, eficientes y ausentes de acartonamiento, rigidez y falsedad.

Montar un escenario que no impacte al invitado no es necesariamente falta de previsión; que haya derroche económico no garantiza que el discurso transmita; que los invitados sean nacionales o internacionales no avalan las propuestas ni la viabilidad de lo dicho por el candidato o candidata. Estos patrones han sido y serán, antiguos mecanismos de contagio que hoy han perdido ante la racionalización de los recursos y la transparencia, toda fuerza ante la crítica y, sobretodo, ante el votante.

Imaginar un escenario en que haya un templete de 20 centímetros al centro del recinto, que no haya mamparas o imagen gráfica, pantallas, grupos musicales, alimentos, acordonamientos ni pagos; un recinto al aire libre, con un aforo considerable, que permita al candidato bajarse de un automóvil sencillo, sin escoltas y que transite saludando a todos los asistentes hasta subirse a ese pequeño espacio en el que únicamente suba el candidato o candidata, externe sus líneas discursivas, propuestas e invite a sumarse al proyecto que representa, y que al término del mismo haga un recorrido de despedida, era impensable en otros tiempos, pero hoy es lo que hacen los triunfadores, los que se saben con propuestas sólidas, con capacidad y con la destreza suficiente para enfrentarse “solos” a las multitudes, son quienes logran transmitir emociones, sensaciones y a quienes los votantes eligen por su carisma, sencillez y naturalidad.

Creer que hablando mucho se diluye el contenido, es una previsión al saberse de un mal candidato, como también, ponerlo rígido en mesa presídium donde lo que habla no es la persona, sino la institución que representa, es un síntoma de debilidad. Por ende, es indispensable capacitar, guiar e instruir a los candidatos a que entiendan conceptualmente este proceso de contagio y no traten de imponer un estilo, que aunque existen casos, no son los recomendables para la obtención del voto.

Mayormente en los casos en que el candidato es invitado a participar en foros, debates, reuniones estratégicas con empresarios, cámaras, personalidades, intelectuales, entre otros, el candidato no puede decidir, ya que juega de visitante, por lo que resta someterse a la organización del evento del convocante y nada más.

Sin embargo, los protocolos hoy en día están hechos para romperse y marcar disruptivamente la diferencia ante la sencillez y la cercanía, por lo que en esos casos que parecieren inquebrantables en el formato, el candidato podrá bajarse del templete y caminar por los pasillos del recinto, o bien quitarse la vestimenta formal y hacerla informal al tiempo que charla. Hay muchas formas para marcar las diferencias que hagan de un cuadrado, un redondo y de un producto limitado uno que no lo sea.

También existe la posibilidad de crear entornos controlados; esto es realizar un montaje que contenga los elementos del manual de identidad gráfica, acompañados de una producción en circuito cerrado de televisión, permitiendo al candidato hablar “libremente” de cualquier tema y con la magia de la postproducción resguardar excesos, faltas, ignorancias y soberbias.

En este tipo de eventos se insertan previamente ante los asistentes las 10 preguntas controladas que harán al candidato y de las que se han desarrollado respuestas acordes a la estrategia general de campaña, aportando a ser contundente con la difusión de conceptos y abordar temas específicos de manera clara.

Las preguntas se hacen de manera consecutiva y las respuestas pueden darse de manera personalizada a cada uno de los asistentes llamándoles por su nombre de pila (previo listado de preguntas y quienes las realizan); en la edición se resaltarán la pregunta y los “cortes” de la mejor intervención en la respuesta, generando un clip sustantivo que cubra el posicionamiento y, además, acompañado de una producción.

La misma, además de mostrar la mencionada respuesta, encuadra al candidato acompañado de gente en el “encuadre” para que se venda como natural, aunque todo el proceso sea un montaje que busque obtener predeciblemente un producto a ser mostrado en las terminales de difusión digital o impresa.

Si bien es cierto que las campañas políticas llevan en su ADN una carga de mito, los productos que se generan desde la conjugación de “aire” y “tierra”, como lo es los eventos estratégicos de impacto, son el vehículo perfecto para evidenciar que se cuenta con un producto sólido, que tiene propuesta y que es congruente, vendible, comprable y, por tanto, “realidad”.

Existen tantas formas de solucionar y abordar una situación de “crisis”, así como de trazar una ruta clara y de tiempos específicos, que permitan que la campaña sea exitosa y se obtenga el triunfo. Lo único que resta es recorrer el camino de los estudios cualitativos, cuantitativos, focus group, posicionamiento, tracking, mapeos, cruces de información, pauta de medios, digital, campaña negativa pero desde mi perspectiva, de nada sirve toda la información, la estrategia y tener a los mejores, si no se logra vender el producto.

Dicho en otras palabras, sabemos que el producto es bueno, que tiene los mejores insumos, que está a buen precio, que tiene todas las certificaciones internacionales, que la empresa es sana pero mientras no lo comuniquen, no lo contagien, no lo externen, no lo contrapongan, no lo exhiban, nadie lo sabrá y, por ende, nadie lo comprará.

La simulación pues, no es otra cosa, más que suponer que todos los involucrados en la campaña están haciendo lo que les corresponde y, lamentablemente, en la mayoría de las derrotas solo eran reuniones de café que no aterrizaron, que no bajaron; por lo tanto, no dieron resultados pero eso sí, la culpa es del otro. Los eventos de impacto no permiten simulaciones, son tangibles, visibles y cercanos a la sumatoria de los ingredientes del éxito de una campaña ganadora.