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Lopezobradorismo: La construcción de un régimen desde la estrategia de comunicación

Por Braulio González | @braulioglez

Director de AZPOL Comunicación + Estrategia Política – www.azpol.com. Magister en Comunicación por el ITESO con diversos estudios en mercadotecnia, relaciones públicas y comunicación política y analista en temas de comunicación política en medios de difusión.

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de México es, como suele ser en toda elección, productor de un conjunto de circunstancias que van más allá del diseño y la ejecución de su propia estrategia.

Situaciones como la trágica popularidad de Enrique Peña Nieto, la lánguida y endeble candidatura de José Antonio Meade por parte del PRI, la conflictuada postulación de Ricardo Anaya por el PAN y la terquedad eterna de López Obrador lo tienen hoy gobernando a este país.

Así, la desgracia de los contrincantes se convierte en la fortaleza del puntero mucho más allá de la eficiencia de sus propias estrategias.

La elección ya es historia. Pero en medio de esa decepción social por la política y el enojo de los mexicanos ante la violencia y la corrupción, hoy se constituyen los cimientos de un nuevo régimen que lucha para encontrar su identidad en medio de un triunfo abrumador y la posesión del poder que no termina por dominar del todo.

Esta nueva clase política, producto del reciclaje de perfiles y liderazgos del viejo PRI y los renegados del PRD y PAN, se debate aún por entender cómo funciona el gobierno que ahora tiene y que ganó legítimamente de manera apabullante.

Podrá no tener aún un proyecto de gobierno y navegar en la ambigüedad del arranque, pero lo que el nuevo régimen tiene muy en claro es el papel relevante de la comunicación y el control de la opinión pública en la construcción del sistema que se busca desplegar.

Sin duda el manejo del carisma, que es en realidad un concepto muy superior a la imagen, es el gran activo comunicacional del Presidente López. Su mimetización popular, enmarcado en un pacto de facto con las clases populares y el arropamiento de grupos que se sintieron vulnerados como es el caso de los maestros, ejidatarios, sindicalizados, entre otros le han creado una gran burbuja de apoyo y protección incondicional.

A esto se suma el revestimiento de mesías político con el que se autoreferencia frecuentemente. Abundan las alusiones religiosas basadas en proclamas tales como “Ya no me pertenezco, soy del pueblo”, “El corazón de Jesús está conmigo”, “Retener salarios es pecado. Está en la Biblia en el Antiguo Testamento” entre otras. La administración del perdón a políticos por actos de corrupción ocurridos en el pasado y la redención de opositores que se sumen a sus filas son potestades que se reserva para sí mismo.

Otro elemento de su comunicación es el despliegue frecuente, intencionado y articulado de un discurso de confrontación que distingue entre “ellos y nosotros”. Con esto logra mantener la perspectiva amenazante de un enemigo simbólico siempre presente – o de adversarios como suele nombrarlos, – que a veces son los conservadores, otras los llamados fifís, neoliberales, luego empresarios, organizaciones civiles, medios de comunicación, gobernadores, inversionistas y cualquier otro sector que funcione como referente de contraste para la legitimación de sus proyectos.

La retórica del desdén y el uso del humor sarcástico resultan eficientes al neutralizar críticas y señalamientos: “Ahora resulta que quienes subieron el precio de la gasolina quieren que baje” o “Me canso ganso” para enfatizar su determinación por su proyecto de aeropuerto en los terrenos militares de Santa Lucía, por ejemplo.

Parte de la apuesta por el mantenimiento de la relación social está basado en sistema de consultas populares para respaldar decisiones de gobierno polémicas. Sin embargo la ejecución de las primeras consultas enfocadas en la cancelación del proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y la construcción del Tren Maya se asemejan más a un ejercicio de fantasía democrática que a una real convocatoria a la decisión colectiva. La redacción tendenciosa de las preguntas y la laxa organización y metodología derivan más en ejercicios de participación simulada en los que el “pueblo sabio” es quien decide.

Pero es cierto: la fórmula le funciona.

La aprobación y el respaldo al Presidente en el arranque estuvo entre el 60 y 70 % según diversas encuestas (El Universal, El Financiero, Gabinete de Comunicación Estratégica). Posteriormente llegó a cerca de un asombroso 90 % tras el desabasto de gasolina generado por la estrategia de combate al robo de combustible a inicios de este año. También es cierto que cada decisión ha sido altamente polémica y aunque muchas han tenido altos costos y pérdidas económicas para el país éstas no se han constituido en crisis de credibilidad. Es el caso de las amenazas a reformas en el sistema bancario, minero y petrolero por parte de las bancadas legislativas de Morena, la reducción de la calificadora Fitch para PEMEX y la incertidumbre en el ejercicio del gasto público para este año.

Este gran respaldo popular representa un amortiguador contra errores, contradicciones, promesas incumplidas y causas olvidadas que fueron pilares de sus discurso y que ahora ha desechado. A los mexicanos parece no importarles demasiado. Las ganas de creer son más fuertes que el clamor por la congruencia. Se trata ahora de un acto de fe colectiva, de un proceso de fascinación por el líder más que de un ejercicio de exigencia y supervisión social.

El obeso porcentaje de aprobación le ha dado para sobrevivir a las especulaciones por el extraño accidente en helicóptero del matrimonio panista de los Martha Erika y Rafael Moreno Valle, ella nueva gobernadora del estado de Puebla y él Coordinador de los senadores del PAN. A consecuencia de ello habrá nuevas elecciones en el estado, solo que ahora las posibilidades de triunfo para Morena se incrementan notoriamente.

Otro caso en el que mostró resistencia fue a la trágica muerte de más de cien personas que fueron alcanzadas por el fuego mientras sustraían gasolina de una fuga clandestina de un ducto en el estado de Hidalgo en plena crisis de desabasto. El ejército, aunque estaba presente, recibió órdenes de no intervenir. Nada qué hacer. Los pobladores bañados en combustible terminaron calcinados o gravemente heridos.

Otro gran soporte de la estrategia comunicacional de AMLO está basado en la apropiación del legado histórico mexicano.

La muy prematura autoadjudicación de su gobierno como la Cuarta Transformación de México establece el parámetro con el que quiere ser evaluado en la historia. Las tres transformaciones previas fueron la Independencia (1810-1821), la Reforma (1858-1861) y la Revolución (1910-1917).

En este afán se compara con próceres como Miguel Hidalgo, José María Morelos, Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas. De hecho es la imagen de estos patriotas los forman parte de logotipo institucional.

Construir su narrativa ha implicado de manera paralela la deconstrucción de la anterior perspectiva del poder y sus símbolos. Así vemos por ejemplo el desdén a la casa oficial de Los Pinos que, más allá de ser el hogar del Presidente en turno, era la sede de operación administrativa y política del Ejecutivo; la intención de venta del avión oficial “que no tenía ni Obama” y que al parecer no estaba tan apalabrado con Donald Trump como lo aseguró en su campaña; el desmontaje del círculo de ayudantía y seguridad del Presidente y la reducción de sueldos en el gobierno “»Van a bajar los sueldos de los de arriba porque van a aumentar los sueldos de los de abajo».

La aspiración del nuevo gobierno es el control obsesivo del discurso informativo día a día. Para ello aplica el método de las conferencias de prensa matutinas en los que, tal como lo puso a prueba cuando fue Jefe de Gobierno del Distrito Federal, marcará la agenda a primera hora. Acotando todos los frente posibles, reduciendo vacíos de información y colocando los temas con los que la prensa pueda gestionar durante el día.

En este sentido se suma la predisposición de una prensa expectante y, por ahora, colaborativa en lo general. No es tanto que falte libertad de expresión, ocurre que no hay contrastes suficientes. Falta fuerza en los discursos y posicionamientos alternativos. Las posiciones de poder están en manos de los grupos Lopezobradoristas, por lo que la articulación de corrientes de opinión distintas aún es dispersa y difusa.

Es cierto que aún sigue siendo un discurso oficial que cae en contradicciones, juega con la ambigüedad, las imprecisiones, los plazos, las expectativas. Hay definiciones estratégicas que aún no son claras para temas muy relevantes en el país como lo es la seguridad, el combate al narcotráfico, la impunidad, la política económica, la educación, entre muchos otros.

Por lo pronto ha declarado el fin de la guerra contra el narcotráfico y ha desistido de la persecución de los capos para reforzar la seguridad de los mexicanos.

En medio de este discurso tan desconcertante y contradictorio es claro que el gobierno tendrá que tejer sobre estos temas complejos. Para algunos de ellos aún le sobra tiempo y capital. Sin embargo tiene el gran reto de conciliar al país consigo mismo. Uno en donde el Presidente logre entender que aquellos a quienes llama “fifís” – cualquier cosas que esta expresión pretenda definir – y a los que abriga bajo la clasificación de “pueblo sabio” son mexicanos. No habrá transformación posible, ni reconciliación alcanzable, en un país que mantenga abiertas sus heridas, polarizado y dividido desde el discurso de su Presidente.

Hay dos grandes lecciones que yo haría notar con el hecho de ver a López Obrador en el poder.

La primera es que se derriba el mito tan reiterativo de que la gente ha decidido no creer más en la política. Resulta que esto no es verdad.

Esa tan vulnerable capacidad de creer ha sobrevivido al desastre del pasado, aún con las preocupantes incertidumbres que este gobierno representa. Aunque es claro que esto siempre dependerá de la habilidad que tenga cualquier político para apropiarse de ella y el rol que las circunstancias jueguen en el entorno.

La segunda gran lección para cualquier político en el escenario es que finalmente jugar en el bando retador, como lo fue Manuel López durante tantos años; articular desde la resistencia y la disidencia; ser vocero de la irreverencia genera sus rentables dividendos en el mediano o largo plazo.

El equipo de Acción Política es el responsable de las actualizaciones de información de actualidad del portal

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