1460 días D

1460 días D

Por: Eladio Jardonv@EladioJardon Doctorando en Marketing Territorial por la Universidad Camilo José Cela de Madrid; Experto en Protocolo, Comunicación e Imagen Corporativa por la Universidad de Salamanca; Máster en Asesoramiento de Imagen y Consultoría Política por la Universidad Pontificia; Postgrado en Gestión de Políticas Públicas por la Universidad de A Coruña; Graduado en Relaciones Laborales y Recursos Humanos por la Universidade da Coruña y Técnico Superior en Gestión Comercial y Marketing por el Instituto Portovello de Ourense.

 

 

Lejos quedan las campañas en las que la única manera de llegar al candidato era verle por televisión, más lejanas, sin duda, quedan aquellas en las que solamente llegábamos a oírle por la radio y ya apenas somos capaces de recordar las pugnas electorales que únicamente se jugaban en el vagón de un tren, ciudad tras ciudad, repitiendo el mismo discurso. Pero no solo quedan lejos en el tiempo, sino en la percepción de ciudadanos y políticos.

En la época de los grandes mítines, las radios o las televisiones, las decisiones sobre qué interesaba, qué era electoral o qué era más importante para los votantes, se tomaban en un despacho de campaña sin apenas asomar la cabeza por la ventana para comprobar qué necesidades reclamaba la sociedad que paseaba justo por debajo.

Hoy en día, la voz del electorado se ha abierto camino en un complicado sistema que únicamente parecía abrir la ventana cada cuatro años para escuchar las demandas de la ciudadanía. Tal vez la cifra suene más complicada de digerir si hablamos de 48 meses y posiblemente se incremente tal sensación si leemos 1460 días. 1460 días donde sus votantes pasaban una vez más a un segundo plano a la espera de ver reflejadas de nuevo promesas incumplidas en un folleto mal impreso de propaganda electoral.

Pero, ¿puede perder un gobernante su legitimidad en unos meses si ha ganado unas elecciones? A pesar de surgir en la década de los 70 con Pat Caddell, empezó su época dorada con Bill Clinton y su conocido war room post-electoral. Y es que, como ya decía el consejero del presidente James Carter, gobernar con la aprobación del electorado, requería indiscutiblemente de una campaña de carácter permanente.

LOS SIETE PECADOS CAPITALES DE LA COMUNICACIÓN GUBERNAMENTAL

Aunque su efectividad al día de hoy está más que probada y la teoría sobre la necesidad de que una campaña electoral no termine con el Día D parece sencilla de aplicar a priori, en muchas ocasiones el ecosistema rutinario del gobierno puede acabar por nublarnos la vista y meternos de cabeza en una espiral muy alejada de la hoja de ruta marcada tras la victoria electoral.

La política forma parte del día a día. Las decisiones generan consecuencias y la volatilidad de la opinión pública es un factor determinante para no poder bajar el estado de “alerta” constante durante toda la legislatura. Ser capaz de mantener una estructura consolidada que permita explicar de una manera sencilla las iniciativas llevadas a cabo es imprescindible. Hacer más pedagogía y menos política.

Pedagogía en todas sus variantes y formas posibles. Pisar la calle, tener presencia en los medios de comunicación, ser activos en redes, generar debate, expectativas y fotos, muchas fotos. Aquí ya no sirven los carteles electorales, tenemos que hacer política real.

Pocos  políticos  reconocerán  encontrarse  en  una campaña permanente. Bien es cierto,  que  los  últimos doce meses marcan la recta final hacia el Día D y  la tensión empieza a incrementarse en ayuntamientos, diputaciones y ministerios. Gestionar bien los tiempos constituye un elemento clave dentro de la estrategia, por ello es necesario conversar, no comunicar. Poner en práctica el feedback y lograr generar canales de dialogo efectivos que se vean reflejados en diferentes plataformas y generen confianza.

Cada vez más, la ciudadanía reclama participar en los procesos de toma de decisiones gubernamentales, hasta Instagram se ha unido a la moda de las encuestas. Es importante cogerles la medida, pero es más importante todavía abrir las instituciones públicas a la calle. Escuchar y responder. Bajar al terreno de juego.

 

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